• Karla Hernández Jiménez

Uranus Rex



Abrió los ojos lentamente mientras la cámara de hipersueño comenzaba a perder efecto sobre su sistema, pronto tendría que prepararse para salir y caminar sobre la superficie roja de Urano, tal como se le había indicado en su momento.

El agente 282 había sido comisionado por la Federación Intergaláctica para realizar las primeras exploraciones del planeta Urano. Aquella era una misión importante que le había sido encomendada gracias a los méritos que había cosechado a lo largo de los años. No había alguien mejor calificado para un evento de aquella naturaleza.

Tenía la misión no solo de encontrar un punto que pudiera ser clasificado como habitable, sino que debía encontrar formas de vida inteligente con la cual se pudiera negociar el establecimiento de una colonia humana en aquel planeta.

Hacía unos cuantos años que se había establecido la primera colonia humana en la Luna después del gran cataclismo.

Debido a todos los años de abusos y de daños climáticos irreparables, el planeta Tierra había decidido finalmente echar a sus antiguos ocupantes con una catástrofe ambiental de considerables repercusiones, dando origen a lo que en décadas posteriores sería conocido en los libros de Historia multiversal como la diáspora humana.

Los humanos ya tenían una base sólida en el espacio después de llegar a la Luna, pero estaban empeñados en expandirse por el universo. Uno de los destinos más solicitados fue, sin duda, Urano.

Desde mucho antes de que ocurriera la catástrofe que había orillado a la humanidad a apostar por los viajes galácticos, los científicos, astrónomos y otros estudiosos ya habían considerado a Urano como un planeta fascinante que debía ser estudiado con mayor profundidad. Debido a eso, fue inevitable fijar la vista en aquel planeta como un posible destino para establecer una nueva colonia humana, o así se lo habían dicho los altos cargos al agente 282 unos días atrás mientras le daban las instrucciones finales.

Por tanto, era de suma importancia que el agente regresara a la base en la Luna con un resultado contundente sobre las exploraciones detalladas que se le habían encomendado.

Una vez que su nave aterrizó de forma segura en medio de una gran nube de polvo rojo, el hombre se concentró en analizar lo que había a su paso.

Caminó durante un buen tiempo, pero no logró encontrar alguna forma de vida inteligente, ni siquiera parecía haber otra materia orgánica que no fuera el mismo polvo rojo que lo había rodeado durante su aterrizaje.

Justo cuando ya se iba a dar por vencido luego de buscar durante un tiempo considerable, creyó ver a lo lejos una figura humanoide descansando en un cráter que se asemejaba a las imágenes que el satélite Andrómeda-2124 había podido capturar unos años atrás con los supuestos habitantes de aquel planeta. La piel roja, el cuerpo robusto de cuatros brazos y el rostro prominente de rasgos toscos no podían confundirse con los de otros alienígenas humanoides, ese individuo era un uraniano.

Mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro, el agente se acercó hasta el pequeño cráter donde el individuo estaba, planeaba preguntarle sobre la existencia de un posible poblado en el cual poder reabastecerse para continuar con su misión.

Quizás fuera la emoción del momento, pero en ese instante el agente 282 cometió el fatal error de bajar su guardia. Antes de que pudiera llegar al cráter, un dolor de cabeza se instaló de forma rabiosa extendiéndose desde la base de su cráneo hasta el centro mismo de su cerebro, cayó en la negrura de la inconsciencia mientras unas figuras humanoides se arremolinaban a su alrededor.

Cuando al fin había conseguido despertar, observó que varios pares de brazos lo mantenían firmemente agarrado al suelo. Cuando abrió bien los ojos, se dió cuenta que sus captores eran los uranianos que le habían encomendado encontrar. Estos ni siquiera se inmutaron cuando su prisionero despertó, estaban determinados a seguir con el ritual.

Cuando uno de los uranianos soltó uno de sus brazos para recoger el resto de las ofrendas, el agente trató de acercar su mano hasta donde estaba su arma para cortar los brazos de su agresor con la pistola láser que llevaba en su cinturón, pero no sirvió de nada. El brazo se regeneró en cuestión de segundos y de la extremidad cercenada que había caído en el piso surgió un nuevo uraniano exactamente igual al que lo mantenía firmemente agarrado.

El agente estaba estupefacto, nada de eso estaba escrito en los informes que habían hecho llegar. Durante las largas horas de entrenamiento en la base lunar lo habían preparado para afrontar con entereza diversas situaciones que se le podrían presentar a lo largo de las misiones que le encomendaría la Federación, no obstante, lo que experimentaba en aquellos momentos estaba mucho más allá de todo su entrenamiento y el autocontrol que había desarrollado en todos esos años. En verdad estaba por completo aterrado de lo que podría pasarle en aquellos angustiosos momentos.

El sumo sacerdote les había dicho que unas criaturas codiciosas pronto aparecerían para apoderarse de su planeta, aunque jamás hubieran sospechado que aquel momento llegaría antes de tiempo. Cuando vieron llegar la nave desconocida, supieron que sus problemas comenzarían. Definitivamente debían hacer algo al respecto. Una vez que lo tuvieron en su poder, supieron que debían ofrendar la vida de su prisionero como un sacrificio al todopoderoso dios de la guerra.

Cuando la sangre del humano había sido derramada de forma adecuada en la piedra de los sacrificios luego de oírlo pedir clemencia durante varias horas, los habitantes de aquella villa en el planeta Urano pudieron volver a respirar tranquilos.

El cuerpo inerte ya era una ofrenda considerable, pero aún así no era suficiente, debían continuar y finalizar el rito con el respectivo banquete elaborado con la carne del sacrificado y, de ese modo, asegurarse de que criaturas como aquella no volvieran a acercarse a su planeta nunca más.

No es que aquella carne pegajosa y desagradable tuviera mejor sabor que la de otros dignos oponentes, pero el ritual debía seguirse como ya era la costumbre entre los uranianos.

Cuando el sol se levantó a lo lejos, proyectando apenas unas cuantas sombras en el firmamento rojo de Urano, los huesos del agente 282 ya estaban completamente limpios, el sacrificio y el posterior banquete habían finalizado de manera satisfactoria.

Cuando aquellas imágenes del suceso se difundieron directamente del intercomunicador del agente, todos los reclutas y el personal de la Federación quedaron horrorizados ante aquella situación. Desde ese dólar, los alienígenas del planeta Urano fueron catalogados como seres crueles y violentos con los cuales, según el criterio de varios altos cargos, no valía la pena negociar sobre una posible colonización. Era mejor terminar con eso de la forma más rápida posible para establecer una nueva colonia.

Con la muerte violenta del agente 282, la guerra por la conquista de Urano, que duraría más de 100 años de cruentos conflictos entre los uranianos y la Federación Intergaláctica, no haría más que comenzar.


 

Karla Hernández Jiménez


Nacida en Veracruz, Ver, México (1991). Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas nacionales e internacionales y fanzines como Página Salmón, Nosotras las wiccas, Los noletrados, Caracola Magazine, Terasa Magazin, Perro negro de la calle, Necrosriptum, El gato descalzo El camaleón, Poetómanos, Espejo Humeante, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

Facebook: https://www.facebook.com/Karla.Hdz.09

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