• Diego Covarrubias

Solicutud de desalojo


A pesar del estruendo de los latidos y de los violentos chorros de sangre que van y vienen como marea roja, descansas cómodamente sobre la aurícula derecha, cuando en una violenta sístole, te llega el edicto. Dice: “Le pedimos de la manera más atenta desalojar inmediatamente el corazón de Susana. Por favor asegúrese de llevar consigo todas sus pertenencias”. No hay remitente.

La noticia te toma por sorpresa y te pasma. Al siguiente latido pierdes el equilibrio y caes violentamente sobre la válvula tricúspide. Todavía aturdido por el contenido del edicto, te zambulles en la arteria pulmonar para recoger oxigeno de los pulmones y normalizar el ritmo de la respiración. Decides investigar de dónde viene la extraña orden. Lo primero que se te ocurre es viajar al hígado a través de la arteria hepática, para tratar de controlar, lo que supones, es una fuga masiva de bilis, es decir, un enojo de dimensiones bíblicas. Encuentras todo en orden, el hígado en plenitud de forma, ocupado en descomponer grasas y fabricar proteínas. No hay ningún tipo de fuga, ni de bilis ni de adrenalina. Aprovechando que ya estás por ahí, brincas al sistema digestivo y te asomas al estómago, solo para constatar que la digestión está funcionando perfectamente, disolviendo en un caldo de gastrina los alimentos que Susana acaba de ingerir. No hay rastros de indigestión, ni de exceso de alcohol, ni de pastillas antidepresivas. Nada que cause malestar y justifique decisiones viscerales o berrinches. Todo normal: carbohidratos y fibras naturales en proceso de descomposición. Aprovechas una leve apertura del píloro, y tratando de pasar desapercibido, sales sin hacer ruido.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

¿Cómo que qué hacer?, ¡sabes perfecto qué hacer! Te invade la certeza que la causa del extraño edicto puede deberse a un estado de ánimo violentado por la inminente llegada de la menstruación y, preparado para lo peor, irrumpes como héroe de película de acción en la vagina, llevando un Tampax de máxima absorción como escudo. La encuentras seca como el desierto de Atacama. Ni una sola gota de sangre en las membranas mucosas. “Qué extraño”, piensas.

Ya nervioso, te diriges a los ovarios. Caminas trabajosamente por el cérvix y por el endometrio. En la suntuosa entrada de las trompas de Falopio hay un letrero que dice: “Estamos de vacaciones, regresamos en dos semanas”. Checas el nivel de estrógeno. Normal. No hay ni calores súbitos ni sofocones. Tachas de tu lista de posibles causas a la menopausia, y te das cuenta de que solo quedan dos alternativas: o Susana tiene un nuevo amor, o simplemente ya no está enamorada de ti. Te resistes a aceptar cualquiera de las dos. Hasta antes de que llegara el edicto todo parecía estar normal, aunque tienes claro que en cuestiones de amor la normalidad no es garantía de nada. Sabes por experiencia propia que el corazón de la mujer es el objeto más voluble y misterioso que existe en el universo. Más voluble que el indeciso electrón y más misterioso que los agujeros negros.

Preocupado por las alternativas que te quedan, te lanzas con ímpetu a la corriente sanguínea de la vena cava inferior para regresar al corazón y reorganizar tus ideas. Cuando llegas, descubres que tu llave ya no abre ninguna de sus puertas. Te asomas por la válvula aórtica y confirmas lo que vienes sospechando desde un principio: un nuevo inquilino está firmando un contrato de arrendamiento. Para tu desasosiego, el inquilino te parece vagamente familiar. Estás seguro de que lo has visto merodear por el sistema circulatorio.

Te cuesta trabajo aceptar la derrota, pero sabes que ya no hay nada que hacer. Cuando el corazón de una mujer cambia de inquilino es prácticamente imposible reconquistar el territorio perdido. Lo único que te queda es resignarte y pedir asilo en el cerebro, para no convertirte en un coágulo vagabundo que viaja de un órgano a otro pidiendo aventón por los vasos sanguíneos e incomodando a los glóbulos blancos. Cuando llegas al lóbulo frontal hay dos puertas: una en el hipocampo donde van los recuerdos, y la otra, en un callejón tapiado con dendritas donde va el olvido. Dudas hacía cual dirigirte, pero te das cuenta de que para efectos prácticos es lo mismo. De nada sirve que Susana te recuerde si ya le eres indiferente. Cuando terminas de llenar las formas para entrar al campamento de refugiados, te diriges a la puerta que dice olvido. Una neurona muy amable se acerca y se ofrece a ayudarte con el equipaje.

“¡Mi equipaje!”, piensas, “con tanto pinche desmadre lo dejé en el corazón”.

Decides regresar y recuperarlo. No estás dispuesto a compartir tus secretos. Que el nuevo inquilino descubra por sí mismo las virtudes y defectos de Susana, lo que le gusta y lo que no le gusta, lo que le produce escalofríos en la piel o retortijones en la panza. A ti te costó lágrimas y noches de desvelo resolver estos enigmas, y no piensas facilitarle el camino a nadie. Ya no tienes las llaves que abren su corazón, pero, si es necesario, estás dispuesto a romper la puerta a patadas hasta forzar la cerradura.


 

Diego Covarrubias


Diego es chilango de nacimiento, pero ha echado raíces en el suelo poroso de la península de Yucatán. Desde hace dos años es miembro del taller de escritura de Malix y participó en el colectivo de cuentos de 2020. Bajo el sello de Malix Editores publicó un libro íntimo titulado “Entre la memoria y la imaginación”, y algunos de sus cuentos han aparecido en medios digitales e impresos de la ciudad de México, Cancún y Mérida. Ganó el segun lugar en el primer concurso estatal de cuentos “Rafael del Pozo y Alcalá” y también ha participado en el taller de escritura de Oscar de la Borbolla y de Beatriz Escalante. Declara que la única responsable de sus escritos es la imaginación, que, como la humedad en las paredes, ha invadido hasta el último rincón de su cerebro. Su única intención cuando escribe es divertirse, y de ser posible, divertir.


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