• Alan Castro Parra

Madre



Con llagas en las manos y el sol azotando en su espalda seguía cavando. El desierto por estos lados es rocoso y lleno de matorrales, la tierra es dura como su corazón desde que su hijo desapareció. Una jornada de búsqueda más a cuestas para volver a casa y encontrar lo mismo de siempre, la soledad de sentirse sola y la desolación de sentirse vacía, pero tan llena de angustia, tristeza y dolor. En la entrada, debajo de su puerta, recibos y más recibos acumulándose en el suelo, pero hay un sobre que es más blanco que los otros y resalta de todos los demás, no le toma mayor importancia y lo deja pasar. En medio de la noche algo le molesta, no la deja dormir, la sofoca y le corta la respiración, se levanta por un vaso de agua, pasa por la entrada, levanta el sobre blanco que no va firmado y lo rompe por un costado. Es una carta sin remitente aparente que le devuelve el aliento. Un largo suspiro hace que el tiempo pase lento mientras llegan a su mente miles de recuerdos. Dicen que un suspiro es el aire que te sobre por alguien que te falta; ese era el caso.


Doña Sofía, ya no lo busque por favor.


Lo que decía esa misiva no le aseguraba que su hijo estaba vivo, pero sí que estaba cerca de encontrarlo, pues alguien sabía que lo buscaba y a alguien le preocupaba que siguiera con esa encomienda que había iniciado ya hace un par de años. La mañana siguiente llamó a otras madres buscadoras y les compartió la carta, y aunque no sabían quién había escrito esas líneas, a muchas les devolvía la esperanza de ver otra vez a sus hijos algún día. Pareciera que sus desaparecidos desde un lugar desconocido les habían escrito, pues ellas se motivaban para seguirlos buscando, aunque la verdadera intención de la carta fuera todo lo contrario. Ese día comenzaron temprano y terminaron muy tarde, estuvieron en todas las salidas de la ciudad y en las fosas clandestinas ya muy conocidas, no encontraron nada, solo una vaca muerta a la orilla de la carretera. Era muy común encontrar restos óseos de animales, que si bien entusiasmaba de momento a las madres buscadoras, sabían identificar perfectamente los huesos de una mascota muerta a los de un humano en una osamenta. De regreso a casa todavía se sacudía el polvo antes de entrar, cuando vio otro sobre blanco atrapado en su puerta, como queriendo escapar, lo tomó de inmediato y volteó a todos lados por si alguien la estuviera mirando. Se metió rápidamente a la casa y prendió la luz, se quedó mirando unos segundos el sobre, dudó en abrirlo pero finalmente lo abrió de un lado, sacó la carta y la extendió sobre la mesa, mientras aumentaba su respiración.


Cómo veo no siguió mi consejo, solo le diré que el que busca encuentra, y lo que usted va a encontrar no le va a gustar. Si valora su vida, ya no lo busque por favor.


Pero su vida hace mucho que la había perdido, desde aquel ardiente abril que le informaron que habían levantado a su único hijo al salir de trabajar, desde entonces era una muerta en vida en busca de un cuerpo que le devolviera el alma. Cómo toda madre pensaba que su hijo no andaba en malos pasos, aunque era muy bien sabido en el pueblo que el hijo al no haber más opción habían errado su camino. Su hijo era toda su vida, así que ya no tenía más que perder, ya todo se lo habían arrebatado cobardemente, ella solo quería encontrarlo, vivo o muerto, antes que la incertidumbre se la terminara de comer por dentro. Dicen que el dolor más grande de una madre es perder a un hijo, eso tuvo que soportar Sofía, quien desde ese día no ha podido llorar y lejos de guardar luto ha salido a buscar el paradero de su hijo. Por eso ahora cuando llegan las advertencias y amenazas para dejarlo de buscar, nada puede detenerla, porque el amor es más grande que el miedo, porque el dolor que podrían provocarle es poco comparado con lo que hoy siente.


Al primer canto del gallo, alguien tocó la puerta, era Estela una vecina de la cuadra quería ayudarle y sumarse a su causa, no tenía ningún desaparecido, pero de cierta forma entendía lo que era perder a un hijo, era una madre y su hijo se había alejado mucho de ella. En esa ocasión Sofía y Estela salieron solas a las afueras de la ciudad, realmente tenían muchas coincidencias, las dos eran madres solteras y sus hijos hubieran tenido la misma edad, si no hubiera desaparecido aquel día. Ya de regreso, recorrieron varias veredas cerca de las rancherías que había por la zona campestre de la ciudad, hasta que fueron interceptadas por una troca blanca, de ella se bajó un adolescente que portaba a ristre un rifle. Estela empezó a llorar y Sofía acostumbrada a estas cosas quiso tranquilizarla, pero realmente lloraba porque aquel niño sicario era su hijo, a quien había reconocido por el mismo caminar de su padre ya fallecido.


— Hola Doña Sofía, hola mamá, no deberían de andar por acá, por favor regresen por donde vinieron si no quieren tener problemas -les advirtió.


Pero de poco sirvió, Sofía hizo como que no escuchó nada y Estela hizo todo lo contrario, se secó las lágrimas, bajó de la camioneta, encaró a su hijo durante unos segundo y le soltó un cachetadón.


— ¿Con quién voy a tener problemas?, ¿Contigo?, ¿Qué me vas a hacer cabrón?, ¿Me vas a matar?, ¿Eres capaz de matar a tu propia madre?


Su hijo no pudo sostenerle la mirada y se agachó, después de un momento rompió el llanto desconsoladamente, cayendo de rodillas abrazando a su madre a quien siempre había visto cómo su figura de autoridad ante la ausencia de su padre.


— Perdóname mamacita, solo quiero protegerlas, no quiero que les pase nada y que me dejes solo, solo en este mundo.


Sofía desde el carro escuchaba y la escena le parecía una ironía, tenerse de frente y abandonarse en vida al capricho de unas cuantas monedas y unas cuantas balas. Estela subió al carro, azotó la puerta y se marcharon del lugar.


Al volver a casa no había cartas, pero un par de horas después tocaron la puerta, era Estela de nueva cuenta que traía buenas nuevas, su hijo se había arrepentido de lo sucedido y le había confesado todo. Él era el que le escribía las cartas a Sofía, y ahora estaba dispuesto a ayudarle a encontrar a su hijo, le mandó con su madre su cuerno de chivo y las señas para llegar al lugar donde lo podía encontrar. No se esperó al otro día, esa misma noche Sofía agarró la internacional, antes de llegar a la caseta de peaje bajo de la carretera y siguió un camino de terracería, nunca había tomado esa brecha angosta entre tierras de cultivo. Llegó a la entrada de una hacienda, de la caseta salió un guardia de seguridad, se asomó por la ventana y antes de decir palabra Sofía soltó una ráfaga de balas que terminaron con su vida, estaba decidida a encontrar a su hijo ese día. Se llevó la reja a su paso y siguió el camino un par de kilómetros más. En medio de la noche solo las luces de su camioneta alumbran de frente y al fondo una casa de campo, apagó las luces y el motor del carro, sigilosamente camino sola durante un tramo.

Al llegar a la choza se asomó por la ventana y no vio nada, entró despacio y no encontró a nadie en la sala, en la cocina, en el baño ni en la habitación, pero escuchó un pequeño ruido abajo, en el sótano. Abrió la puerta y se asomó apuntando con el cuerno de chivo, abajo escondido un sicario portaba una ametralladora cargada. Se podía oler la muerte en el ambiente, Sofía bajó lentamente, paso a paso las escaleras al sótano. El hombre de abajo temblando de miedo ve bajando solo unas botas y la bayoneta de un fusil AK-47, al primer rechinido de la madera el criminal acciona su arma contra Sofía que cae rodando hasta los pies de la escalera salpicada de pellejo y sangre. Boca arriba y en plena agonía, Sofía ve al sicario, sonríe y llora por fin, en el fondo de su corazón sabía que su hijo seguía vivo.


 

Alan Omar Castro Parra


Egresado de la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación con especialización en Ciencias Políticas por la Universidad de Sonora.

Cuenta con 11 años de experiencia periodística en el medio de comunicación Nuevo Sonora. Se ha desempeñado como reportero, entrevistador y columnista en el medio impreso semanal de la casa editorial.

Actualmente funge como Jefe de Redacción, además de ser el productor y titular de un noticiero a través de las plataformas del medio. Participa semanalmente en mesas de análisis de diversos temas políticos y de coyuntura.


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