• Sonia Arrazolo

El padre Carlos


Marita nació a finales de los cincuenta, en esa época en la que la mayor parte de los hogares estaban constituidos por una gran cantidad de hijos. Una familia como muchas otras en ese entonces, tratando de sobrevivir en un pueblito de la frontera con el salario de un padre quien con solo su educación básica se desempeñaba en diferentes trabajos, y que muchas veces a falta del mismo, emprendía el viaje en aquellos tiempos no tan difícil, hacia el país vecino.

Muy cerca de su hogar había una pequeña parroquia bajo la responsabilidad del padre Carlos. Durante todo el año el sacerdote recorría el vecindario invitando a los niños a la doctrina, a ofrecer flores a la virgen durante el mes de mayo, a la misa o incluso a cantar las mañanitas a la virgen de Guadalupe el doce de diciembre, a pesar del terrible frío durante ese último mes del año. Cuando Marita y sus hermanos rememoran esos inviernos, no están seguros si en realidad en ese tiempo la temperatura era más baja o su vestimenta era muy delgada, pero a pesar de eso tanto ellos como muchos niños más, atendían y disfrutaban emocionados cada uno de esos eventos debido a que por cada asistencia recibían a cambio un boletito que guardaban muy cuidadosamente.

Tendrían que pasar muchos años para que la mayor parte de esos niños pudieran tener su propio árbol de navidad y un nacimiento bajo él, por lo que todo el mes de diciembre y parte de enero disfrutaban de las lucecitas y pequeñas figuras que adornaban el sencillo, pero para ellos hermoso pesebre preparado con mucho amor por el sacerdote, y donde el niño Dios reposaba en una pequeña cuna custodiado por sus padres María y José.

Al acercarse el veinticuatro de diciembre la emoción entre ellos y sus vecinitos crecía, sabían que ese día el padre relataría de nuevo todo lo relacionado con el nacimiento de Jesús, de cómo el ángel Gabriel había anunciado su llegada a la virgen, y que siendo el hijo preferido de Dios padre había nacido en un sencillo pesebre, rodeado de diferentes animalitos y no en un fastuoso castillo como un rey, como lo que era. Los niños de los alrededores junto con Marita y sus hermanos se sentían muy felices al escucharlo, pensando por consiguiente que ser pobres no era algo malo.

Al final de la ceremonia y tal como esperaban todos muy ansiosos, llegaba el momento más importante. Todos los niños hacían una larga línea frente al padre Carlos quien muy sonriente recogía los boletos acumulados por cada niño con el fin de repartir los juguetes, ya fuera un carrito, una pequeña muñeca, una pelota, una vajilla de juguete y para todos, una bolsa de dulces. Todo era alboroto, niños un poquito más felices que otros, enseñando el juguete más grande, recibido por contar con una mayor cantidad de boletos.

Durante muchos años y gracias a la labor del padre Carlos, muchos niños como Marita y sus hermanos tuvieron la oportunidad de mostrar a sus amigos el veinticinco de diciembre, que ellos también habían recibido un regalo para celebrar el nacimiento del niño Dios.

Las bellas historias y enseñanzas compartidas durante todo el año, complementadas con dibujos relacionados al tema, coloreados con crayolas proporcionadas por el bondadoso sacerdote además de los juguetes recolectados por él entre los feligreses de más recursos, fueron suficientes para llenar el corazón de Marita como niña y el de todos los demás durante su niñez. La felicidad de recibir un premio logrado con su propio esfuerzo, una enseñanza adicional por parte del padre que en ese entonces no entendía ninguno de ellos, era todavía mayor.

Esas noches más especiales, al llegar a su hogar los hermanos sabían que los esperaba una deliciosa cena ofrecida por sus padres. Antes de partir a la parroquia habían visto cómo su madre ya tenía las tortillas de harina secando con el fin de que los buñuelos, decía ella, quedarán más crujientes y fueran dignos acompañantes de los tamalitos.

Un poco antes de que la familia se trasladara a un hogar propio como la mayor parte de los vecinos debido al natural crecimiento del pueblo, el padre Carlos fue trasladado a otra ciudad y recuerda que ellos y todos los niños llevaron un globo que dejaron escapar como señal de despedida y agradecimiento.

Como persona ya adulta, Marita cree firmemente que todos ellos fueron muy afortunados con su presencia y por la falta de comunicación en la época de los cincuentas y sesentas, que gracias a la inexistencia de una televisión, de redes sociales, de esos comerciales donde las compañías muestran escenas de navidad perfectas, en las cuales se pueden ver personas vistiendo hermosos y brillantes vestidos ellas y ellos, luciendo hermosas sonrisas de felicidad, conviviendo alrededor de una mesa con abundante comida, donde en el centro de ella se puede distinguir un gigantesco pavo además de un muy adornado árbol de navidad con montañas de regalos debajo, ellos pudieron disfrutar de una niñez donde estaban seguros que no necesitaban algo más para ser felices.

En el presente, a ella le encanta entregar regalos a la gente a su alrededor, sobre todo en esa fecha tan especial. Recuerda siempre con un poco de nostalgia, pero mucho agradecimiento, haber recibido sólo un regalo en navidad durante su niñez por parte de sus padres, un hermoso muñeco de material rígido, con un traje color celeste, de ojos azules y el cual no movía ni brazos, piernas u ojos como lo hacen los más sencillos en la actualidad. Ella se acuerda que año con año se entretenía retocando el color de sus ojos, sus pestañas y su boca, además de coserle a mano un pantalón o camisa con el fin de que luciera como nuevo.

Marita no puede odiar la navidad como una Grinch, porque para ella esa fecha significa la venida del niño Jesús como se lo enseñó el padre Carlos. Lo que le molesta un poco de esa fecha es el excesivo alarde de riqueza contra la falta de ella, así como el uso desmedido de fuegos artificiales, los cuales provocan terror en esos animalitos que hasta Dios les concedió el derecho de acompañarlo durante su nacimiento.

A ella le duele todavía más cuando reflexiona lo que sienten los miles de niños alrededor del mundo durante el período de la navidad, aquellos que aunque apenas pueden llevar a su boca un poco de comida, por extrañas razones tienen acceso a la comunicación excesiva que hay en la actualidad, pletórica de comerciales y enormes panorámicos en las calles con la figura de papá Noel manejando el enorme trineo lleno de fantásticos regalos, piensa que muy seguramente todos ellos desearían que al menos uno de esos presentes fuera para ellos.

Marita guarda todavía una foto muy viejita de ese grupo de niños, donde aparecen también sus hermanos y el padre Carlos en medio de todos ellos, por la edad que le calcula y el montón de años transcurridos, está casi segura que su fructífero viaje en la Tierra ya terminó, por lo que cuando recuerda a ese bondadoso sacerdote, confía y desea de todo corazón que alguien o muchos como él hayan tomado su lugar, sobre todo en la época de navidad.


 

Sonia Arrazolo Reyna

Rio Bravo Tamaulipas, México


Escritora y protectora de los derechos de los animales. Ha publicado Saga: La casa de abril. BENITO, un guau por ti y todos tus amigos (2020) y NICOLASA (2021) GOTITAS de amor para nuestro corazón (2020), además de distintas colaboraciones, tales como Fanzine de Chile, la Gata roja, Buenos relatos, el Guarda textos y Melancolía Desenfrenada. Actual representante legal y fundadora del Grupo de Asistencia y Protección para Animales, una AC sin fines de lucro, reconocida con el galardón “Solo por Ayudar” de la periodista Lolita Ayala en el 2007.

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