• Víctor M. Campos

Te quiero, mamá



Sé que arde de rabia y me alegra verla así.

¿Y por qué no?

Yo también ardo de rabia:

Vivian Gornick


Estamos enojados.

No mucho, pero si nos encontramos en las escaleras o en la cocina, nos seguimos de largo como si el otro no existiera. Nuestros enojos del día a día suelen ser así: un poco por todo y más bien por nada. Son los enojos de la gente que quizás ha estado mucho tiempo junta y ya no se soporta más.

Los de a deveras son otra cosa. Cuando trato de recordar alguno de esos enojos descubro que en todos está involucrado su marido o, como ella dice, tu papá. No sé qué tan bien parado me deje eso, pero tampoco es que todo se reduzca a un conflicto de la infancia mal resuelto. No. El señor en cuestión tiene su lado oscuro y cuando he intentado describírselo ella siempre se ha salido por la tangente.

Ok, entonces, date.

Si bien a estas alturas ya nada va a cambiar entre ellos, entre ella y yo sí que van a cambiar algunas cosas. La primera es que me iré lejos. Además, será por el tiempo suficiente como para no volverla a ver. Eso, sin duda, habrá de resolver las cuestiones superficiales entre nosotros. Seguro que para cuando agarre mis maletas ya nos habremos contentado y con el tiempo hasta nos extrañaremos. Las cuestiones de fondo, no obstante, se van a quedar como están.

Pasó el 10 de mayo y no la felicité. El enojo venía de más atrás. No hubo premeditación. Que a ella le interesen cosas como esas, que le afecten, la convierte en una niña pequeña. Y yo me aproveché de eso. Ni siquiera le di los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches. Estaba esperando una felicitación, pero se la negué. Pasaba por afuera de su puerta abierta y prefería mirar el suelo o la pantalla de mi celular. Ella, como toda la vida, aguantó en silencio.

¿Quién la manda a ponerse del lado de su marido? ¿A dejarse influenciar tan fácilmente por él? ¿A buscar su aprobación para todo? ¿A ser la mujer sumisa que es? No faltará quien diga que no me corresponde juzgarla, pero si no soy yo, uno de los que más y mejor se aprovechan de ella, ¿entonces quién?

Hoy se le notan más esos rasgos que siempre la han caracterizado: su diálogo chiflado con las plantas, los ojos grandes de asombro frente a las cosas más insignificantes, la risa molar que si no se tapara con la mano dejaría al descubierto su alma llena de caries; o, como ahora, el ceño inyectado de ira infantil, el mohín indignado de su boca; los suspiros con los que se traga todo aquello que la ofende o la agravia, cualquier cosa que haya que tragarse, lo que sea que le escamotee el reconocimiento que ella cree que se merece. En eso es igual a su marido: un par de ancianos que han fracasado en su intento por criar a un hijo que les reconozca el esfuerzo, que los comprenda y, tal vez, que los quiera.

Volveré a ella.

A su edad ya le es más fácil recordar el color de unos calcetines por los que peleó con su hermana hace 65 años, que lo que desayunó ayer. Las llaves, los lentes, su dinero: todo lo pierde ya. Y de esos extravíos surgen sus malos humores y sus malos modos que terminan por ponerme de malas. Nuestros enojos suelen ser así: un poco por todo y más bien por nada. Que si se le perdió esto o no encuentra lo otro. ¿Yo qué tengo que ver? Luego la agarra contra mí como si yo fuera esa hermana con la que peleó por unos calcetines blancos. No, párale. Ni puedo ni quiero escuchar esa anécdota una vez más. Por eso, en cuanto empieza, agarro el celular o, de plano, me levanto de la mesa.

Ahí te ves.

Luego, se encierra en ese silencio que tan bien le sale. Y sólo habla con ya sabemos quién que aprovecha para ponerla en mi contra. Y ahí va la otra a dejarse llenar la cabeza de ideas. Después no queda mas que ignorarnos en las escaleras y en la cocina, por días, hasta que se le olvida que está enojada o hasta que su marido juzga que ya no es oportuno recordárselo.

Que otra vez no aparece su taza de la escuela en donde fue secretaria 20 años de su vida; que si ya se le perdió otro billete de a 200; que si las mensualidades que está pagando son por unos lentes o por un reloj que ella no se compró. En fin. Cuando le hago la observación de quién administra sus tarjetas; quién tiene la llave del coche que ella compró; quién guarda celosamente las escrituras de esa casa que también le pertenece, una vez más, ella dice cosas que lo dejan todo tal y como está.

Ok, entonces, disfrútalo.

Hacerle perdidizo un billete de cuando en cuando en nada se compara con lo que vivirá una vez que yo me vaya. Tal vez la dejen que se asfixie con un bocado o rodar tranquilamente por las escalera si da un traspié; tal vez simplemente el día que salga a la calle y ya no sepa regresar, nadie irá a buscarla. O tal vez sólo exagero porque estamos enojados y en una de esas ella vivirá tranquila sus últimos años con ese abusivo que dice que es mi padre. En cualquier caso, sólo tendrá que vérselas con uno y no con dos, y será el abusivo que ella eligió.

¡Feliz día de las madres!

Ayer se me olvidó felicitarte.

Te quiero, Mamá.


 

Víctor M. Campos se formó en el Taller Levreriano de Escritura Creativa, dirigido por Carmen Simón. Es licenciado en tal, por la UAQ, y maestrando en cual, por la UPO Cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro y por distintas revistas y plataformas como Monolito, Bitácora de Vuelos, Anuket, Ipstori, Interliteraria, etc. Nació en la CDMX, en 1976.

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